13 de enero de 2010

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Los problemas derivados de la herencia yacente





En el derecho sucesorio español no cabe la admisibilidad de la aceptación automática de la herencia, sino que, por el contrario, se hace necesario que el llamado a la sucesión o heredero emita su voluntad de aceptar o no la herencia. Esta imperiosa necesidad de que nuestro sistema legal-sucesorio requiera la aceptación del causante plantea el problema de la denominada herencia yacente. Por tanto, debe de quedar claro esta cuestión no sería posible que se diese en aquellos otros sistemas legales en los adquisición de la condición de heredero se produce ipso iure por la simple delación hereditaria.

Bajo la expresión de herencia yacente se comprende aquella multiplicidad de situaciones, en las que, habiendo sido abierta la sucesión, no se ha producido todavía la aceptación del heredero a quien haya de imputarse la condición de sucesor del causante. O, dicho, en lenguaje más sencillo, es la situación en que permanece el patrimonio de una persona fallecida, desde el momento de su muerte y, por tanto, desde la apertura de su sucesión hasta la aceptación por parte del llamado a la herencia, tratándose de una situación esencialmente provisional o transitoria.

Al carecer de titular actual el conjunto de derechos y obligaciones que forman parte del caudal hereditario, algunas fuentes romanas utilizaban la expresión hereditas iacet o similares, de donde procede la actual denominación de herencia yacente o la perífrasis, más reciente, de yacencia hereditaria.

Como hemos señalado, el supuesto de la herencia yacente puede encontrar su razón de ser en muy diversas situaciones. En algunos casos, la falta de aceptación por parte del llamado a la herencia puede considerarse incidental o circunstancial, por el mero hecho de que el heredero, siendo conocido, aún no se ha pronunciado sobre la aceptación de la herencia o ha solicitado un plazo para deliberar acerca de ello. En otros supuestos, la yacencia hereditaria puede resultar connatural a la propia institución de heredero, como sucede en el caso de que el testador haya sometido la institución de heredero a condición suspensiva o haya ordenado la constitución de una fundación hasta entonces inexistente o en aquellos supuestos en que haya sido llamado a la herencia un nasciturus.

Históricamente, este problema de la herencia yacente fue resuelto en algunas fuentes de Derecho Romano acudiendo a la idea de que, entre tanto, no hubiera heredero, resultaba necesario personificar la herencia carente de titular o bien acudiendo a la idea de propugnar la supervivencia de la personalidad del difunto. En la actualidad, semejantes mecanismos de explicación de este problema son generalmente rechazados por la doctrina, pues ni puede revivirse al causante ya difunto, ni parece necesario otorgar al caudal hereditario una personificación propiamente dicha, ante la transitoria falta de titular de dicho patrimonio, siendo así que para la doctrina actual resulta plenamente admisible la existencia de un patrimonio separado de carácter interino.

A efectos meramente pragmáticos, el verdadero problema que se plantea sobre la herencia yacente debe ser analizado desde una doble perspectiva. La primera vendría referida al hecho de determinar si los terceros acreedores habrían de soportar la situación de interinidad, de patrimonio sin titular, que representa la herencia yacente, o por el contrario, resulta posible admitir la legitimación pasiva de la propia herencia yacente, sin necesidad de personificarla.

En relación con este tema que estamos planteando, la jurisprudencia del Tribunal Supremo, con bastante acierto, admite de forma indiscutible que el patrimonio hereditario en situación de yacencia puede ser demandado y que, al propio tiempo, dado que la interinidad en su titularidad impone la necesidad de que bien por medio de albaceas o administradores testamentarios o judiciales existan personas encargadas de su administración, goza igualmente de facultades para actuar, reclamando o excepcionando, en los diversos procesos judiciales (por todas, STS 12/03/1987).

En segundo lugar, aunque nuestro Código Civil no regule de forma sistemática los distintos supuestos de herencia yacente, puede extraerse del conjunto de sus preceptos la idea de que, como regla, la situación de yacencia hereditaria reclama de forma necesaria la existencia de la administración de la herencia, incluso en el supuesto de que el testador no lo haya previsto en sus disposiciones testamentarias, En particular, la administración de la herencia resulta reclamada expresamente por las disposiciones legales en todos aquellos supuestos que pueden identificarse como herencia yacente y en concreto los siguientes:

  • Artículo 801 del CC.- Heredero instituido bajo condición suspensiva.
  • Artículo 965 del CC.- Institución de heredero a favor de un nasciturus.
  • Artículo 1020 del CC.- Formación del inventario de los bienes de la herencia, sea porque el llamado ha solicitado el derecho de deliberar o el beneficio de inventario.

En resumen, que la yacencia de la herencia no impide que la misma pueda ser titular de derechos y obligaciones y que durante ese período de tiempo en que la herencia aún no ha sido aceptada goza de gran importancia la administración y custodia de esos bienes y derechos, administración que debe tener la finalidad de conservarlos para el momento en que sean aceptados y adquiridos por el heredero. Para conocer quién debe hacerse cargo de esa administración, habrá que acudir a la voluntad del testador expresada por medio de su testamento puesto que es habitual que, efectivamente, sea el propio testador el que nombre a un albacea que administre la herencia yacente, de lo contrario, esa función habrá de ser realizada por el llamado a heredar o por persona designada por el juez en su caso.

Si no hubiere ninguna persona que pueda hacerse cargo del caudal hereditario en cuanto los órganos judiciales tengan conocimiento del fallecimiento de una persona, y no les conste la existencia de testamento, ascendientes, descendientes, ni colaterales hasta cuarto grado o cuando existiendo, estuvieren ausentes o fueren menores o incapacitados, el Juez tomará las decisiones necesarias para el enterramiento del difunto y la seguridad de sus bienes.

Posteriormente será este mismo Juez quien deba continuar con los pasos de cualquier sucesión (entre ellos la averiguación de si el fallecido otorgó algún testamento, realizar inventario de los bienes, etc.) Si aparecen herederos legítimos cesará la intervención judicial, pero si no aparece ninguno, será necesario que continúe el procedimiento hasta que se declare judicialmente quienes son los herederos (pudiendo ser el Estado, si finalmente no aparece ningún otro posible heredero).

En estos casos, no parece que admita ninguna duda la aplicación del artículo 999.3 del CC que implica que el llamado o los llamados a la herencia pueden, como regla general, gestionar los bienes hereditarios: “Los actos de mera conservación o administración provisional no implican la aceptación de la herencia, si con ellos no se ha tomado el título o la cualidad de heredero”.